domingo, 2 de septiembre de 2012

Aquella música


Se encontraba incómodo en aquel sitio; la tarde se empezaba a dorar y los últimos colores que el rastro de la espléndida puesta de sol habían dejado, paso a la incipiente noche. En nada se escucharía aquella música que le aumentaba aún más su tristeza. Se preguntaba por qué a los demás no les afectaba esa melodía lejana, que cada noche se escuchaba a la misma hora en los días de luna llena. Era una música triste y llena de melancolía que parecía que sólo él escuchaba. Tendría que averiguar el motivo. La  preciosa y triste melodía  le gustaba, pero no podía  escucharla, algo en su interior le decía que se tenía que ir de allí y sentía como si una fuerza extraña lo empujara a la cercana playa, donde sus acordes no llegaban.
Se sentó en la arena frente a la oscuridad del mar. A lo lejos quedaban las luces de las terrazas y  el bullicio de la gente. Allí, solo y pensativo se sentía bien y en paz.
Una suave y bonita voz lo sacó de su aislamiento.
 -¿Tú también escuchas esa misteriosa música, vedad?
Se sobresaltó y no le agradó que le robaran intimidad. Cuando volvió el rostro, vio a una guapa mujer sentada en la arena cerca de él. Ya había oscurecido y sólo veía su hermosa cara bajo el reflejo blanquecino de la hermosa luna llena. No sabía cuánto tiempo llevaba allí. Él se creía solo, por lo menos estaba solo cuando había visto los últimos reflejos anaranjados del sol, deshacerse en nebulosas en el horizonte del mar.     
-¿Cómo sabes que la escucho?
-Porque te veo venir aquí cada día, a la misma hora. Yo hago lo mismo; observo de lejos tu tristeza, tu melancolía...pero no debes temer nada, son llantos de sirenas. Sólo se escuchan en las noches de luna llena.
Él la miró incrédulo en la semioscuridad. Ella le devolvió una sonrisa triste.
-No creo en sirenas. Perdona, me tengo que ir.



  Se alejó caminando descalzo por la arena húmeda de la orilla. Escuchó a su espalda una especie de silbido suave, seguido de un delicado chapoteo en el mar y se giró. Un revoltillo de de espuma se alejaba de la orilla, primero despacio y luego a toda velocidad. Se alejó hasta que ya su vista no alcanzaba. La espléndida luna repartía su luz sobre el oscuro mar y él, aún un poco desorientado y sin saber qué había pasado, siguió caminando dejando sus huellas en la arena, cabizbajo y triste.
A la mañana siguiente se levantó pensando en la noche anterior; en realidad, estuvo pensando casi toda la noche en la misteriosa mujer de la playa. A final dio por hecho que, seguramente, no la volvería a ver más y que solo se trataba de una solitaria que buscaba conversación. 
Esa tarde estaba pensando en su amor; hacía meses que un horrible accidente los había separado para siempre. Normalmente procuraba estar poco en aquella casa, en aquel lugar que le recordaba a ella. Aún su perfume impregnaba su alcoba, su armario, su sofá...y ese dolor al recordarla y no poder abrazarla, besarla, le dolía profundamente. Por eso trataba de evadirse con amigos, con copas...pero esa música lo transportaba, lo empujaba al mar y, allí, su tristeza se esfumaba como la espuma suave de las olas que, lentamente, se acercaban a la orilla y se desvanecían en la nada. 

domingo, 15 de julio de 2012

Mañana


Llegará un día la ausencia a mi memoria. Tus labios, que ayer besé, que hoy beso, mañana será un espacio oscuro, vacío; se habrán borrado de mi mente como un garabato en un papel. Ya no estará esta noche; la playa, la luna que no es luna, que es luna nueva. Noche oscura que nos inspira infinidad de locuras de amor. Noche negra y oscura como mi mente, que ya no recordará los abrazos, la pasión, tu mirada y la mía. Este deseo de ti, estas ganas de ti, esta pasión que en mi locura por ti no tiene límites…este amor, quiero ahora gozarlo, vivirlo como si fuera lo último que hago contigo; porque en nada, no te podré encontrar en los rincones oscuros de mis recuerdos, porque se desvanecerán en la nada al igual que una gota de agua en las arenas de un desierto.


El tiempo que me quede, que nos quede, pasará rápido. Mi mente se irá convirtiendo en un mosaico donde sus piezas no encajarán; como un dibujo infantil, como un mecano al que se le ha perdido varias piezas, como una encrucijada, como un laberinto en el que, a veces, se encuentra fácil el camino, pero que poco a poco se irán cerrando las salidas.

jueves, 31 de mayo de 2012

Adiós y hola


Él se puso el chubasquero, colgó su mochila a la espalda y salió. La fuerte lluvia no le impidió encaminarse hacia el sendero que conducía a las rejas de salida de la finca, varios cientos de metros más allá. Desde una de las ventanas, ella vio su figura borrosa por la lluvia, que escurría como cataratas por los cristales. Caminaba con las manos metidas en los bolsillos del chubasquero, cabizbajo y metiendo sus botas en los charcos y en el barro que el agua iba dejando en el  camino


 Se sirvió un café y se sentó a la mesa. Disfrutaba con el sabor y el aroma  que había quedado repartido por la cocina y esperó. Un fuerte trueno rompió el silencio que había dejado su marcha y que sólo el sonido de la lluvia la acompañaba después de la otra tormenta, la que unos minutos antes se había desatado en aquella misma cocina. Un fuerte relámpago alumbró la estancia que se estaba quedando a oscuras, y unos segundos después, otro fuerte trueno rompió el cielo, el silencio, y el corazón de ella, que, ahora sí, se estaba empezando a preocupar.

lunes, 23 de abril de 2012

Años 60. Un día. Un barrio.


Nueve de la mañana.

Una niña salta a la comba en la acera de su calle, justo delante del portal de un edificio de cuatro plantas. Una bicicleta pasa despacio por la estrecha calle y,  la vecina del segundo B, sacude una alfombra roja descolorida por el uso.
Un perrito pequinés asoma su chata cara por las rejas del balcón del primero A y el cartero entra al portal a dejar la  correspondencia avisando a los vecinos a golpe de silbato.  En el edificio de enfrente, una señora gorda riega los geranios de su ventana, mientras canta un pasodoble torero. 
Por la esquina de la calle aparece el afilador gallego con su  melodía filarmónica. Varias vecinas bajan con sus cuchillos mellados y tijeras que no cortan y, mientras esperan su turno, charlan animadamente:

-Pues a mi Julito lo tengo con anginas. ¡Menuda noche que me ha dado!
-Ay, sí, es que anda todo el mundo igual. Mi Carmencita estuvo la semana pasada.
-Oye, os habéis enterado de lo de doña Pepa?
-¿Qué le ha pasado?
-Su marido, que la ha dejado; la pobre, toda la vida dedicada a él porque, - todo hay que decirlo- la tenía como una esclava. ¡Si ni siquiera salía la buena mujer! De casa al mercado y del mercado a casa.
-¡Menudo sinvergüenza! Y él, dándose la gran vida. ¡Si yo os contara!


jueves, 1 de marzo de 2012

La primera vez. Para mi nieta Ana


Cuando lo tocó notó que se movía. Era casi más la ilusión y las ganas de que se moviera, a que se moviera en realidad.
Lo seguía tocando continuamente. A todas horas. Pero él se resistía; imperturbable, terco; se dejaba hacer, pues sabía que aún no era su hora. Ella lo miraba, lo remiraba y lo volvía a tocar. La mayoría de sus amigos ya le habían ganado la batalla a los suyos, otros estaban en la misma situación que ella. Los que ya lo habían experimentado, también lucharon contra esa resistencia y esa terquedad, que se defendió hasta que ya, exhaustos, se rindieron. Era sí o sí. No se podía hacer más. Pero ella pensaba que este era más terco aún que el de sus amigos, y eso la tenía con angustia y miedo.

El día que al tocarlo notó que se movía muchísimo más que de costumbre, le entró el pánico. Le temblaron las manos, un sudor frio le humedeció la frente y lo dejó de tocar para salir corriendo, nerviosa, a pedir ayuda desesperada.
-¡Ay qué ver! -pensaba- tanto desear que pasara esto para estar exactamente igual que mis amigos y, ahora, que se acerca la hora, me muero de miedo.
Acude la ayuda, pero ella ya no quiere ayuda, piensa que será peor. Sabe que va a sufrir y el sudor vuelve a empapar su frente. No sabe qué hacer, pero tiene que hacer algo. Vuelve a mirarlo, a tocarlo y cada vez se mueve muchísimo más; es inminente el final, lo sabe.

La ayuda insiste en que le deje hacer; cuanto antes acabe, más pronto descansará. Ella ya no aguanta más y se deja ayudar, aunque las lágrimas le caen por las mejillas, sabe que no hay más remedio. Lo haría ella misma, pero no se atreve. Es la primera vez que le ocurre esto, la próxima vez ya no tendrá tanto pánico.
Dos segundos después de recibir ayuda, todo había acabado. Ahora se reía, “no fue para tanto” – decía - y se marchó feliz a dormir; esa noche, muchísimo antes de la hora acostumbrada. Quería que la noche pasara pronto. Quería ver con sus propios ojos si era verdad todo lo que se decía sobre eso. Ella lo dudaba mucho, pero quería que amaneciera pronto para comprobarlo por sí misma. Para ver que sus amigos no le mentían. Con estos pensamientos entró en el mundo de Morfeo relajada y feliz esperando la mañana.


martes, 31 de enero de 2012

La casa de Pedro


Cada vez que viajaba por aquella carretera, con el mar a mi izquierda y con los grandes riscos que caían sobre el maravilloso barranco, a mi derecha, ya sabía que estaba cerca. Cuando llovía con fuerza, las aguas bajaban desesperadas inundándolo todo; se escondían furiosas bajo el puente de piedra, para salir al otro lado empapando la arena de la playa y dejando surcos profundos como caminos pantanosos, y luego se perdían en el mar. Arriba, en la pequeña loma que se divisaba desde el puente, una casa blanca albeada de cal viva, observaba el espectáculo de la lluvia. Abajo, en la playa, los pescadores se afanaban en asegurar sus barcas y sus redes antes que la fuerza del agua destrozase lo que, para ellos, era la base de su sustento.



Si, ya estaba cerca. La casa de Pedro se veía nada más doblar la última curva de la carretera, una vez cruzado el puente del barranco, ahora seco. Los recuerdos se amontonaban. Eran parte de una vida; quizá la más feliz de la niñez. Eran tantas las anécdotas, las situaciones, las risas… La pila de cosas vividas se peleaban en la memoria queriendo revivir. El nudo se formaba en la garganta a medida que me iba acercando al lugar mágico que era la casa de Pedro.
La figura de Pedro sentado en la esquina más fresca de la casa, que como privilegiado balcón abarcaba todo un inmenso mar azul, la tenía grabada en mi memoria. Lo recuerdo con la mirada perdida en el horizonte. Callado, pensativo… había vivido tanto... quizá revivía sus viajes a la lejana Cuba y en lo que allí había aprendido. Me encantaba sacarle de su ensimismamiento y preguntarle cosas. Él, con aquella parsimonia tan característica suya, y que empleaba cuando lo que quería contar fuera entendido, empezaba a relatar en forma de cuentos formidables sus lejanas andanzas. A veces me pregunto si de verdad eran reales todas aquellas historias o eran una mezcla de realidad y fantasía. Lo que sí sé es que, mientras él hablaba, se creaba una atmósfera de paz, de magia, de silencio, de lágrimas de emoción, de risas…de amor.

lunes, 19 de diciembre de 2011

El “don” de Doña Benita


La mesita de tres patas estaba adornando el mejor rincón del salón; mientras  no se utilizaba para el menester por la que se había encargado al mejor carpintero de la ciudad, la adornaba un gran ramo de flores en un precioso jarrón y, debajo de éste, un pañito de croché hecho por doña Benita sólo con la intención de que su mesita no sufriera ningún tipo de arañazo. La mesita no pesaba nada; era ligera y suave al tacto, sin adornos adicionales, de patas altas y delgadas como las piernas de una bailarina. Barnizada en caoba claro, estéticamente y a la vista de todos, era sólo una mesita normal y corriente que pasaba  desapercibida.

Doña  Benita tenía un "don"; bueno, eso era lo que ella decía. Los espíritus eran sus amigos, y los santos su devoción. El crucifijo que colgaba en lo alto del cabecero de su cama, en alguna ocasión había escuchado sus  peticiones, nunca para ella, sólo para los demás. Nunca se dedicó a sacar provecho de ese don; ella era modista de profesión, y muy buena, pero ese "don" que ella tenía lo utilizaba con la familia y con algunos amigos.  Siempre en la intimidad de su casa.


La famosa mesita de tres patas a la que ella le tenía un cariño especial, era la intermediaria entre ella y sus adorados espíritus. En más de una ocasión vi una de aquellas sesiones de espiritismo y de verdad que, el vello y la piel se erizaban hasta sentir un frío fuera de lo normal en pleno verano. Jamás en ningunas de esas ocasiones vi truco alguno. Yo miraba y remiraba los bajos de la mesita, y solo veía sus tres largas patas  en el aire, y luego caía, daba contra el suelo y volvía a subir con violentos movimientos. Nadie la tocaba, sólo ella posaba sus manos suavemente encima, llamaba al espíritu con el que quería contactar y preguntaba. El espíritu contestaba con movimientos que ella antes "pactaba".
- Si es sí, -decía Benita- das un golpe. Si es no, dos golpes.
- Si no sabes, das varios golpes.
La mesita cumplía a rajatabla su cometido. No era como en la películas; con oscuridad, con trance de la espiritista, ni nada perecido. Era todo muy natural y a plena luz, pero se notaba tensión y frío

jueves, 1 de diciembre de 2011

El regreso


Caminaba con los pies descalzos sintiendo la hierba acariciar su piel. Hoy era el día. Estaba esperando este momento desde hacía mucho tiempo, tanto, que ya ni se acordaba cuánto. Quería sentir la humedad de la tierra; caminar, correr, revolcarse y dar vueltas sobre sí misma por la pendiente que tantas veces de niña recorrió así, como hacía ahora, para luego llegar justo a la misma orilla del río
Lo quería hacer todo de golpe, como si temiera que el tiempo se le acabara. Como si fuera un juego en el que sólo tenía unos minutos para recuperar el tiempo perdido ¡Menuda controversia!



lunes, 21 de noviembre de 2011

Sombras


Soledad a media luz, silenciosa y tenue
Suave luz del rincón, compañera de la noche,
Ficticia realidades de sombras en la semioscuridad
.
Humilde luz que ilumina mi solitaria alma
Que ansiosa espera el alba.
Sueños chinescos que se mezclan con los miedos,
Amorfas figuras que recuerdan la locura.


Me estremece esta noche temblorosa
Que teje la mente de locas fantasías,
Que enmudece el grito deseado
Y se aferra a la garganta prisionero.

lunes, 24 de octubre de 2011

La venganza de D. Jacinto


Calor. Hasta las moscas parecían mareadas. Las ramas de los árboles caían lacias, tristes. El ventilador, en lo alto del techo, recordaba un molino invertido con sus grandes aspas dando vueltas inútilmente, pues no se movía ni una pequeña brizna de aire.
 

Don Jacinto tenía una mosca en la nariz. Dormía profundamente bajo el ventilador y de vez en cuando se daba manotazos para quitarse a la pesada mosca; Ésta salía revoloteando y volvía a posarse otra vez en la nariz; tranquila, pesada, cojonera. El libro que estaba leyendo Jacinto se cayó de su barriga nada más posar la cabeza en la hamaca. "Un largo y cálido verano" se titulaba. Muy apropiado.

El rugir de un motor lo despertó de su merecida siesta.  El camión de los "Turcos" pasaba todos los días a la misma hora.  Y lo hacía a propósito. Para fastidiar. Tocaba la bocina sin que la mano que lo hacía se despegara durante un minuto. Eso es lo que Jacinto había calculado. Un minuto. Pero él no se inmutaba. Él sólo pensaba. Día y noche.  Y cada vez tenía más claro lo que tenía que hacer. Si acaso, lo que a veces le hacía dudar era su hija. Su hija estaba casada con El Turco, su enemigo más odioso. Le molestaba enormemente que a su hija la llamaran en el pueblo, La Turca. Eso lo tenía en un sin vivir y todo, porque cuando se casó con aquel vago, mujeriego, borrachín y vividor, no se le ocurrió otro sitio para la luna de miel sino Turquía.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Carta a alguien muy especial.



    Sé que esto no lo vas a poder leer.  Lo sé. Ni siquiera sé si sigues ahí, pero necesito hablarte.
No voy a preguntar cómo estás. Quiero creer que después de todo lo vivido, tu alma está ahora serena. Hace tiempo de aquello que te cambió la vida; que te partió en dos el corazón, que te rompió por dentro y que quisiste morir. Hace años que tu vida no fue vida, que eras como una sombra entre  la neblina, perdido, sin ánimo, caminando sin rumbo fijo. Te daba igual dónde fueras, o dónde te llevaran; sabías que nunca ibas a encontrar lo que querías por mucho que imploraras, que suplicaras, o que buscaras.
 Hace muchos años que no nos vemos. Estuve contigo cuando ocurrió todo, te cuidé, te consolé, aunque sabía que para ti no había consuelo.  Pero llegó el momento en que me tuve que marchar, seguir con mi vida.  Quedabas en buenas manos.





Estoy escribiendo estas  pocas letras después de haber visto algo que hizo que saltara la chispita en mi memoria y que se apelotonaran los recuerdos luchando entre ellos por salir. Sin proponérmelo. Si he de ser sincera te diré, que no me acordaba ya de ti, pero lo que he visto hoy me lleva a muchos años atrás, cuando  tú eras un jovencito que sólo pensabas en jugar, en ir siempre saltando de un lado a otro, siempre detrás de ella. Eras feliz.  Eras la envidia de  los otros que, como tú, os reuníais en el parque; sin preocupaciones, con la vida resuelta para siempre. Hasta que te fueras de ella definitivamente. Yo, al ser la mayor, os acompañaba. A ti, y a ella; hasta que ocurrió.

lunes, 29 de agosto de 2011

Son mi corazón



Como en bandolera.
Así, como en bandolera los llevo colgados.
Son seis.
Seis pequeños corazones.
Seis pequeños corazones pegados a mi piel.
Seis almas que tienen atrapada mi alma.
Seis almas que son corazones de otras seis almas.
Herencia viva de mi propia alma.
Seis corazones que alegran mi propio corazón.
Seis almas que rondan mi vida porque son mi propia vida.
Seis pequeñas vidas que colman mi vida.
Seis pequeñas vidas con seis ilusiones.


martes, 16 de agosto de 2011

Diario inacabado


Día 12 de un mes. De un año.

Hoy ha sido el día. Estaba escrito ya en la lista de tu destino. Hoy no he llorado nada. Ni una sola lágrima ha asomado a mis ojos; no he sentido dolor, ni pena, ni angustia. Estaba en una nube, flotando. Arropada, abrazada, consolada; gente, mucha gente. Yo veía, pero no veía. Oía, pero no oía. Estaba pero no estaba.
.
Ahora escribo esto con manos temblorosas. Ahora estoy empezando a darme cuenta de lo que ha pasado. Ahora me empieza la angustia, la pena, el dolor que me corroe las entrañas. Las lágrimas me borran la visión; la ausencia ocupa un espacio grande, tan grande… que caben tus abrazos, tus palabras, tu perfume. No puedo creer que ya no estés aquí, que no me hables. Estoy viendo tus cosas en tu mesita; tus gafas cerradas encima del libro que estabas leyendo, ¿te acuerdas? Te lo recomendé yo. Insistí mucho para que lo leyeras. Tú no querías; a ti te guastaba más la mitología, los libros de viajes…pero al final te convencí. Empezaste a leer “Los pilares de la tierra” y te entusiasmaste. Ahora lo veo ahí, donde lo dejaste hace sólo una noche, con el bonito marcapáginas que te presté de mi colección, señalando la página que retornarías a leer al día siguiente. Pero tú no volviste a leer. Te quedaste a mitad de la historia, como también te quedaste a mitad de la tuya. Un libro inacabado. Una vida que le quedaba mucha historia.



Día 13. Mismo mes. Mismo año.

El silencio y el cansancio. La vuelta al nido vacío se hace difícil. Ahora habita en mí la tristeza. Profunda, dolorosa, inaguantable. Me duele tu recuerdo. Ha caído la noche sin darme apenas cuenta. He repasado nuestra vida, nuestros momentos, nuestras risas, nuestros problemas… sin darme cuenta del tiempo. Y quedaba aún mucha vida. Quedaban muchos momentos. Muchas cosas que decir. Cosas que por desgracia no estaban escritas en la lista de tu destino. Ni en la de mi destino. Porque eran cosas para ti. Cosas que sólo a ti te diría, cosas que se quedaron ahí; cosas inexistentes.

lunes, 1 de agosto de 2011

Las cartas de Amelia


“Es el hombre más guapo que he visto” - decía Amelia – “y eso que he conocido a muchos”
La fotografía que estaba viendo en la revista semanal más de moda en aquel tiempo, mostraba a un hombre rubio de ojos claros, hermosas facciones y una cautivadora sonrisa. En su blanca y perfecta dentadura relucían dos dientes dorados que también, según Amelia, se usaba mucho y era un signo de distinción y elegancia. Dos preciosos dientes de oro que relucían como dos soles.
Amelia era una maniática; sacaba defectos a todo hombre que se le acercaba. Desde muy jovencita había tenido pretendientes dispuestos a amarla para siempre jamás. Ella era una rompecorazones que se sabía bella, escultural y que se fijaba mucho en que ellos fueran muy educados, finos, muy guapos y elegantes. Eso era lo que buscaba. Cuando creía que lo había encontrado, surgía algo, una pequeña cosita de nada, que ella interpretaba como algo inadecuado y ya lo despedía sin contemplación. Así, los años pasaban irremediablemente. Por unas cosas u otras, lo novios o pretendientes le duraban lo que un caramelo y lo que era peor, ella iba camino de vestir santos.
Una vez estuvo con un novio mucho más tiempo de lo normal en ella. Sus amigas y su familia pensaban que ese era ya el definitivo. Cuando anunció que lo había invitado a merendar a casa y lo presentaría a la familia, no se lo podían creer. Nunca había llevado a casa a ninguno, así que parecía que la cosa ya ¡por fin! iba en serio.



Llegó el día señalado. Todo estaba dispuesto para conocer al guapo, educado y elegante novio. Sonó el timbre y todos se miraron nerviosos. Amelia pidió tranquilidad y se dirigió a abrir la puerta. Apareció segundos después con un ramo de rosas rojas, y del brazo de un adonis que quitaba el hipo. Él llevaba una gran bandeja de pasteles porque, según dijo, era muy goloso. Una vez acabada las presentaciones y los primeros y lógicos titubeos, pasaron al comedor.

Empezó la merienda, la conversación y las preguntas – impertinentes, según Amelia - acerca de su profesión. A la familia, a priori, le gustó aquel chico abierto y simpático. Hasta que estalló la bomba. Llegó la hora de abrir la bandeja de los pasteles; la madre de Amelia, con mucha delicadeza, va rompiendo despacio el envoltorio de papel soltando un ¡OOOOHHH¡ cuando vio la magnífica pastelería delante de sus ojos. Dulces pequeños, finos y delicados. De infinidad de sabores, colores…pero uno…sólo uno, destacaba sobre los demás; uno grande, redondo y que subía en espiral; de hojaldre y nata que se derramaba por los bordes. Los sobrinos de Amelia, niños de siete y nueve años, se lanzaron con la lengua relamiéndose los labios, las bocas se les hacia agua, y la saliva estaba a punto de escurrirles encima del mantel. Ya sus manos estaban camino de la bandeja, en lucha por ser el primero en alcanzar aquella maravilla de pastel, cuando de repente, un fuerte vozarrón los dejó petrificados, con las manos en el aire, asustados…

domingo, 17 de julio de 2011

Domingos de paseo y twist.

No sabía dónde estabas. La última vez que te vi me decías adiós en la puerta de mi casa. Habíamos estado juntos toda la tarde del domingo. Paseamos como tantas parejas, como tantos domingos, por la carretera de nuestro pueblo bordeada de árboles; era la costumbre. No había nada aparte del paseo. Ya casi a la puesta de sol, nuestro amigo Antonio llevaba su “Pick Up” al bar dónde su padre nos dejaba poner música durante un par de horas. Los cantantes y grupos de la época nos hacían vibrar con su música. Bailábamos sin parar una canción tras otra. Durante la semana casi no nos veíamos; los estudios en la ciudad, facultades distintas, exámenes…alguna vez te llamaba, o me llamabas y si podíamos quedábamos para tomar algo. Pero pocas veces ocurría eso; así que nos acostumbramos a vernos los viernes en la estación de autobuses para pasar el fin de semana en el pueblo.
La rutina era siempre la misma, pero nos gustaba la tranquilidad, el paisaje, el aire limpio, el silencio. Nos relajaba del ajetreo de la semana y se nos despejaba la mente. Regresábamos el lunes a primera hora, sonrientes, descansados y con las fuerzas renovadas para enfrentarnos a la semana . Pero ese lunes no te vi subir al autobús. Los viajeros iban subiendo y ocupando sus asientos y tú no aparecías. Yo miraba por la ventanilla, extrañada, pero el motor se puso en marcha y poco a poco nos íbamos alejando. Pensé que se te habían pegado las sábanas y que cogerías el próximo. No le di mayor importancia. Te llamaría por la noche y me contarías.

Yo no sé lo que éramos. ¿Sólo amigos? ¿Un poco más que amigos?, ¿Novios? Desde muy jovencitos estábamos siempre juntos. Se convirtió en una costumbre. En las excursiones que hacíamos la pandilla, en las idas y venidas al colegio, en las compras de regalos en el día del padre o de la madre, en las de Navidad… cualquier cosa cotidiana que no nos apetecía hacer solos, pues ahí estábamos acompañándonos.
No sabía cómo había empezado, pero en el pueblo, los amigos y la familia ya nos consideraba una pareja, unos novios. Pero lo cierto era que jamás nos dijimos palabras de amor, jamás nos dimos un solo beso que no fuera de amigo; como se lo dábamos a los otros amigos. Jamás dijimos que fuésemos novios, pero nos echábamos de menos cuando no nos veíamos. Nos queríamos. A nuestra manera nos queríamos.



Y ese día, de hace muchos años, te eché de menos. El viaje se me hizo largo, aburrido y estaba muy preocupada. Te llamé a la residencia donde vivías y no sabían nada de ti, también se extrañaban. Eras un chico muy querido, simpático y no solías llegar tarde.
Cuando llamé a tu casa, al pueblo, me dijeron que te habías ido muy temprano, que no sabían nada más, que ni siquiera te despediste, sólo una nota encima de tu cama decía que te tenías que ir, que no se preocuparan, y que ya llamarías.

miércoles, 29 de junio de 2011

El camino de la esperanza


El pedregoso camino se le hacía cada vez más pesado. Cada paso que daba era un sufrimiento para sus cansados y heridos pies. Varios dedos se escapaban de sus sucias y raídas alpargatas, y el dolor se le hacía insoportable


 Un hatillo con una muda, una hogaza de pan, un trozo de queso, y una navaja, era todo su equipaje.  Aún las estrellas no le habían dado la bienvenida al sol cuando cerró la puerta verde de su casa dejando atrás todo lo que tenía, lo que más quería; su madre lo abrazó hasta que casi escuchó crujir sus costillas. Se llevó la mano al bolsillo de la camisa recordando que   le había metido algo en él. Besó la foto de su  hermana y de su madre y se le escapó un suspiro hondo, un suspiro que encerraba impotencia, dolor, desesperanza e incertidumbre.

martes, 21 de junio de 2011

La lluvia y tú


Me he asomado a la ventana, no importa que llueva intensamente en estos momentos; necesitaba aire, necesitaba llorar, desahogarme de esta angustia que me rompe por dentro, que me destroza, que hace que muera en vida. Mis lágrimas se mezclan con el agua de la lluvia que se ha puesto de mi parte, que sabe de mi sufrimiento y que llora conmigo.


                                                                                                                                                                   
Ahora mismo estoy ausente de lo que a mi alrededor acontece; sólo la lluvia forma parte de mi estado de ánimo; la lluvia y tú. Sí, tú eres ahora mi pensamiento, sólo tú existes. Tú, y yo; tú y la noche, tú y tu música, tú y tu sonrisa, tú y tu boca, tú y la lluvia. Pienso en aquella noche; llovía también como ahora. Una pequeña pero intensa tormenta de verano que nos sorprendió en nuestra playa, en nuestro paseo nocturno por la orilla del mar.  Corrimos a refugiarnos bajo el saliente de las rocas, pero de pronto te diste la vuelta y volviste sobre tus pasos. Poco a poco te desnudaste, abriste  los brazos en cruz  y miraste el cielo cargado de nubes negras, y dejaste que el agua mojara tu cara, tu cuerpo; un minuto, dos, tres… una eternidad.

lunes, 13 de junio de 2011

El y Ella = Amor

Entró en la habitación como cada mañana a la misma hora. Siempre era él quien la despertaba, quién la besaba, y quien la animaba a levantarse. Todos los días lo mismo. Él esperaba pacientemente a que ella se duchara, se secara el pelo, desayunara y se arreglara. Sin embargo, él dormía poco. Siempre atento a cualquier ruido, a cualquier movimiento desconocido, dispuesto a enfrentarse con aquello que intuyera que era una amenaza para ella.

Se habían conocido hacía ya dos años. Aquella mañana, la casualidad quiso que se encontraran en el aparcamiento del centro comercial próximo a la casa. Ella aparcó justo al lado del coche donde él estaba cómo esperando a alguien, de pié y a la sombra. Se cruzaron sus miradas; ella le sonrió, y comenzó a caminar hacia la puerta del centro. Él la siguió con la mirada, hasta que ella desapareció.
Él se quedó dando vueltas de un lado a otro, como sin saber qué hacer y mirando la puerta de vez en cuando. Se le iluminó la cara cuando la vio salir una hora después, con un carrito lleno de compras.






Se dirigió a su encuentro, pero ella le volvió a sonreir y pasó de largo. Unos minutos después, escuchó rugir el motor del coche y lo vio salir despacio hacia atrás. Él no se movió. Ella le dio un suave toque al claxon, pero él permaneció en el mismo sitio mirándola. Ella lo vio por el retrovisor y decidió bajar y hablar con él.

Se dio cuenta que él le quería decir algo; lo miró bien a los ojos, y su mirada lánguida se lo dijo todo. No necesitaron palabras.


jueves, 9 de junio de 2011

El alma renovada


A esta tierra de la eterna primavera,
la guarda la montaña más hermosa,
como un soldado enarbolando su bandera,
como un novio regalando siete rosas.
Se ha vestido de gala la montaña,
se han cubierto de nieve sus laderas,
en la frescura de sus valles me renuevo

viernes, 3 de junio de 2011

Mañana volvemos


SE LO ENSEÑARON EN LA ESCUELA.  “LAS LINEAS PARALELAS SON AQUELLAS QUE, POR MUCHO QUE SE PROLONGUEN, NUNCA SE LLEGAN A ENCONTRAR”
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ESTABA SENTADA EN EL BANCO DE LA ESTACIÓN DEL TREN.  ESPERABA COMO CADA DÍA  DESDE HACÍA CUARENTA AÑOS. HABÍA CAMBIADO MUCHO LA ESTACIÓN; LOS TRENES, LA DECORACIÓN, LA VESTIMENTA DE LOS PASAJEROS, EL EQUIPAJE… LO QUE PERMANECÍA IGUAL ERA SU PROMESA.


 ESTABA SENTADA EN EL MISMO LUGAR, PERO EN DISTINTO ASIENTO. AQUEL BANCO ANTIGUO DE MADERA YA DESCOLORIDA POR EL PASO DEL TIEMPO, LO HABÍAN CAMBIADO POR OTRO MÁS MODERNO, MÁS FRÍO, MAS IMPERSONAL. EL OTRO, TESTIGO DE LA DESPEDIDA MÁS DOLOROSA, LA DESPEDIDA DE LAS PROMESAS INCUMPLIDAS, LA DE LOS ADIOSES INTERMINABLES, LA DE ”EL TIEMPO PASA ENSEGUIDA, YA VERÁS, ESPÉRAME, NO ME OLVIDES” Y ÉSTE.  EL DE LAS ESPERA.  EL DE LA MIRADA PERDIDA EN LAS VÍAS, EL DE LA ESPERANZA…